El amor infiel

La cultura del ego es considerada como un individualismo amoral por algunos y como una liberación personal por otros. Más allá de las opiniones, lo cierto es que hoy más que nunca el individuo es el amo de su vida privada. Las instituciones, laicas y religiosas, no son autoridad en materia amorosa. Y en la era del “yo quiero todo”, muchos son los que tienen como objetivo desarrollarse plenamente y satisfacerse (también en el plano sexual, claro) sin permitir que nada se interponga en su camino hacia la ‘felicidad’.

Este ascenso del individualismo marca la declinación de lo que el sociólogo Alain Ehrenberg denomina “La sociedad del destino”: una vida que no cambia con el tiempo, ejemplificada por el tríptico de los años 60: una pareja, un trabajo, una casa, todo para siempre.

La movilidad del mundo moderno y la prolongación de la vida explican que una misma persona pueda tener una sucesión de vidas conyugales en el transcurso de su existencia. Así es que asistimos, desde hace algunos años, a un aumento de personas que llevan una doble vida sentimental. “Esta poligamia clandestina -dice el sociólogo Gérard Mermet- nace de la necesidad de cambio y de la voluntad de conciliar la estabilidad del matrimonio con la pimienta de la vida extra conyugal”.

Además, el discurso de las mujeres sobre la infidelidad ha cambiado. Se plantea, actualmente, en términos de opción posible y no de prohibiciones que puedan ser transgredidas. Un sondeo de opinión, revela que, si bien ocho mujeres de cada diez valorizan la fidelidad (un 42% de ellas la considera normal), sólo un 11% la estima “obligatoria”. Lo novedoso es que se elige la infidelidad o la fidelidad según criterios personales, y no para adecuarse a “roles” culturalmente predeterminados.

“La posición de hombres y mujeres frente a la infidelidad está igualándose”, afirma Gérard Leleu, sexólogo y autor de “La Fidelité et le Couple” (La fidelidad y la pareja). La represión legal y moral que pesaba sobre las mujeres les impedía librarse a la curiosidad sexual. En la actualidad, dicha represión aparentemente ya no existe más. Razón por la cual algunas mujeres, en especial las más jóvenes, revindican una libertad sexual calcada sobre el modelo masculino. El sondeo antes mencionado muestra, por otro lado, que la mayor tasa de infidelidad se da entre las mujeres de 15 a 24 años. En esta franja de edad, más del 30% proclama haber tenido una o varias aventuras al mismo tiempo, frente a sólo un 16% de más de 25 años.

Con las leyes del mercado

Paladear nuevas experiencias sin renunciar a una relación estable es el desafío de los adeptos al amor infiel, quienes no quieren perderse nada. Como si la frustración ocasionada por el hecho de tener que elegir tuviera un precio demasiado alto. En una sociedad donde el consumo es rey, prima la satisfacción de nuestros múltiples deseos y la renuncia es un enemigo de la felicidad. “Nuestro umbral de tolerancia a la frustración es muy bajo. Las personas funcionan bajo el predominio del principio del placer. Para paliar el vacío, la frustración o la decepción, consumimos. El otro se convierte en un producto”, señala la psicóloga Martine Teillac.

Existe la creencia de que la frustración proviene de una insatisfacción que, en la pareja, puede tener diferentes causas: disminución del deseo, poca comunicación, aburrimiento, etc. La infidelidad se daría, entonces, para colmar una carencia. Pero en esta creencia habitual subyace la idea de que el otro debe darnos lo que nos falta. Cuando nuestra pareja habitual fracasa en responder a todas nuestras necesidades, nos ponemos en campaña para encontrar otro proveedor.

Erigir como arte de vivir el rechazo a la frustración, es también lo que define, actualmente, a la infidelidad. Pero ¿eludimos así el sufrimiento? No es seguro.

“No soportaría hacer sufrir a mi pareja”: frase dicha una y otra vez por la mayoría de los infieles. Manejar los sentimientos de culpa y evitar que ‘el otro’ sufra es el desafío que se le presenta a todo candidato a la infidelidad. Ya que, a menos que uno controle totalmente la afectividad, la infidelidad difícilmente se vive sin sufrimiento.

Un sufrimiento vivido bajo el signo de la culpabilidad, alimentada por el miedo de hacer daño o de fragilizar la pareja. Controlar dicha culpabilidad exige poder hacer un balance de la primera relación y saber qué se busca en ese “otro lado” para que la infidelidad no sea una conducta repetida hasta el cansancio.

Las razones más comunes

Si bien los códigos conductuales y los discursos sobre la infidelidad han cambiado, los motivos que conducen a ella se establecen siempre en función de la historia psicoafectiva de cada uno de los miembros de la pareja. Es común que la persona infiel ponga en primer plano el deseo de revalorización a partir de una mirada nueva o la necesidad de procurarse sensaciones fuertes. Pero el inconsciente tiene motivos que la razón, justamente, ignora.

Nos sentimos devaluados. Una vez finalizado el enamoramiento, nos enfrentamos a la pareja real, y sus conductas no siempre placenteras en la convivencia defraudan nuestras expectativas. Si la pareja nos abandona para centrarse sólo en sus objetivos personales y no en los de ambos, es muy probable que busquemos atención afuera, en busca de la estima perdida.

La monotonía. Una pareja sumida en la rutina y el aburrimiento se distancia, siente que el amor se acabó. Sus miembros comienzan a sentir que están encadenados a pasar el resto de sus días en una relación que ha perdido el encanto.

Sentimos amenazada nuestra libertad. Cuando la pareja es asfixiante o nos da pavor perder la independencia y quedar atrapados en una relación, intentamos sentirnos libres cometiendo actos de infidelidad.
Alarde de poder. Por haber obtenido poder, dinero y una posición social, hay quienes creen que se han ganado el derecho a tener una mayor potencia con el sexo opuesto.

Una vida sexual deficiente. El sexo es un elemento esencial en la pareja y, si uno de los miembros se siente insatisfecho tiende a buscar satisfacción fuera de la relación, aunque sienta por su pareja un amor sincero.
Buscamos nuevas sensaciones. Una vez pasada la etapa del enamoramiento, hay quienes sienten que la rutina es hastío, y necesitan volver a enamorarse. Este es un fuerte motor para tener una aventura.
Idealizamos a la pareja. Hay quienes llevan a cabo todas sus fantasías sexuales con un partenaire extra conyugal para seguir manteniendo a la pareja en un lugar de “decencia”.

La pareja lo permite. Se dan casos de acuerdo de relaciones extramaritales, cuando un miembro de la pareja es consciente de que el otro necesita satisfacer las deficiencias que existen en la propia relación.

¿Hablar o callar para siempre?

Sin duda, confesar una infidelidad no es sencillo, y hacerlo o no, después de todo, es una decisión personal. A la hora de evaluar los pro y los contra de ‘contar la verdad’ es inevitable que aparezca el miedo a lastimar al otro, el temor a ser abandonado y la posibilidad de no ser comprendido ni perdonado.

Culpabilidad, principios morales, venganza… Numerosas y de lo más diversas son las razones que pueden invocarse inconscientemente para justificar a priori y a posteriori la necesidad de decirle al otro. En este sentido, la infidelidad puede ser la ocasión de reanudar el diálogo o de romperlo definitivamente.

Todo depende del tipo de pareja que se ha construido, del contrato tácito que tengan sus miembros. Además, en nuestra sociedad se tiene tendencia a confundir diálogo y comunicación. Si el primero es una virtud de la pareja, la segunda es una necesidad económica. “Reconocer mi infidelidad fue, para mí, una manera de vengarme, decirle ‘¿Ves? Otros me desean’ –cuenta Luisa (45), madre de dos adolescentes-. Su reacción no se hizo esperar: agarró sus cosas y se largó gritando, ‘¡Esos otros pueden tomar mi lugar, está vacante!’’”, recuerda. Por lo tanto, cuando uno de los miembros de la pareja decide contar “el desliz” debería preguntarse con qué objetivo lo haría.

¿Qué se puede decir y qué se debe callar? ¿Hay que contar todo? Si uno fue infiel y va a confesarlo, sin duda debe hacerlo con tacto, evitando los detalles inútiles: “Le hice esto o aquello, sentí más que contigo…” Se trata de tener consideración por el otro, y dejar de lado revelaciones muy íntimas. Una actitud adulta supone ser claro en cuanto a los propios deseos y poder plantearse qué cosas no han funcionado y si es posible reconstruir la pareja sobre otras bases. En este último caso, si la pareja decide seguir junta, puede ser útil pedir ayuda a un terapeuta. Y, más allá de cuál sea el desenlace, lo importante es tener claro que la infidelidad es siempre síntoma de una crisis, que tendrá repercusiones en la relación –aun cuando permanece en secreto-, y en el individuo, que no debería dejar pasar la oportunidad de plantearse preguntas sobre sí mismo.